Reciente noticia que ha llamado mi atención.
Desarrollan en la India un móvil que vale 20 dólares. (Izvestia)
Los hindúes han desarrollado el teléfono móvil más barato del mundo: no tiene pantalla pero va a costar apenas 20 dólares.
La empresa productora, Spice, lanzará su “teléfono popular” al mercado el próximo 1 de marzo y espera vender más de 10 millones de unidades a lo largo de este año. Todo indica que es una previsión realista: los estudios demuestran que hay 870 millones de hindúes dispuestos a comprarse un celular asequible.
Los ingenieros de Spice no han querido sobrecargar su modelo con accesorios y funciones sofisticadas. No tiene cámara, ni acceso a Internet, ni melodías polifónicas, ni siquiera pantalla. “Es simplemente un teléfono”, explica Bhupendra Kumar Modi, presidente de Spice.
Los que no tengan veinte dólares para comprarse un teléfono tampoco tienen por qué desesperarse: Spice planea desarrollar un móvil que cueste la mitad, así como un teléfono para invidentes, Braille Phone, con inscripciones especiales en las teclas.
Hagan lo que hagan los hindúes, todo les sale últimamente más barato que a los demás, como si la nación entera, incapaz de acabar con la miseria, se hubiera propuesto producir artículos que estén al alcance de todos. Hace un par de meses fue presentado el coche más barato del mundo, Tata Nana, que cuesta alrededor de US$2.500. Entre los planes de empresas hindúes figura también el desarrollo de un ordenador portátil que cueste diez dólares. El Gobierno piensa equipar con ellos los colegios, así que los expertos señalan que este precio será factible únicamente gracias a los subsidios públicos. Hasta la fecha, no existe en el mundo un portátil que valga menos de cien dólares.
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Allá por los años 80-85 viajaba frecuentemente a EEUU por motivos profesionales. Mi empresa de entonces (en Suiza) era proveedora de sistemas automáticos de control en actividades de alta tecnología muy específicas y teníamos como clientes a las principales empresas americanas relacionadas con los ordenadores y la informática. La principal era IBM y recuerdo haber estado en prácticamente todas las sedes de investigación y desarrollo de la compañía.
Me llamó mucho la atención que, en la mayoría de los centros, había cantidad de “turbantes hindúes”. Un directivo de uno de los centros me confesó un día que ellos habían constatado que los hindúes tenían una capacidad de análisis-abstracción muy superior a la habitual “occidental” y por eso, en los puestos claves de decisión de estrategias de desarrollo y análisis complejos, etc, empleaban a hindúes.
Es conocido que muchísimos de los servicios telemáticos bancarios mundiales, por ejemplo, están situados en La India.
Las próximas Olimpiadas darán un “empujón” impresionante a China y, de rebote, a La India.
¿Podemos, los “pezqueñines”, aventurarnos a participar en esos mercados?
Los “grandes” seguro que están allí y preparados “para el salto”.
Bolsa de La India
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Artículo interesante de la forera aurum en oroyfinanzas.com
Desde tiempos de Alejandro el Grande, la India ha sido objeto de fascinación y de codicia, célebre tanto por sus tesoros -oro, especias, piedras preciosas- como por la enigmática sabiduría de sus pobladores. Siguiendo los pasos de los macedonios (cuyos descendientes, según la leyenda, siguen poblando los valles de la disputada Cachemira), viajeros y conquistadores persas, árabes, turcos, afganos, portugueses, franceses, holandeses e ingleses traspasaron sus fronteras en busca de fortuna o de iluminación. Baste recordar que Colón descubrió otro continente cuando sólo perseguía una nueva ruta hacia sus costas o que mogoles y británicos fincaron sus imperios gracias al orgulloso dominio de sus tierras. Por ello a los indios no les resulta extraño que ahora, al cabo de sesenta años de vida independiente, las grandes potencias vuelvan a dirigir sus ávidas miradas hacia ellos. En el lapso de sólo quince días el presidente francés, Jacques Chirac, y el estadunidense, George W. Bush, viajaron expresamente a la India, seducidos por sus nuevas riquezas -su economía creció un 7.5% el año pasado- y por la importancia geopolítica que alcanzará en el siglo XXI.
Desde el final de la Guerra Fría, la relevancia estratégica de la India no ha hecho sino aumentar. Si bien después de la independencia el Partido del Congreso se plegó a la izquierda y Nehru optó por acercarse a la Unión Soviética ante el apoyo que Estados Unidos otorgaba a Pakistán, a partir de 1991 los dirigentes indios supieron hacer un drástico viraje tanto político como económico -éste último encabezado por el actual primer ministro, Manmohan Singh-, capaz de transformar a la India en un paraíso para los hombres de negocios (en 2005 la India ocupó el segundo puesto en inversión extranjera, desbancando a Estados Unidos) y en el aliado natural de Occidente en Asia.
Según un célebre estudio de Goldman-Sachs de 2003, retomado por Fareed Zakaria en Newsweek, en los próximos cincuenta años la India se convertirá en la potencia con un crecimiento más alto, capaz de “añadir una Francia cada tres años y medio y una Australia cada año”. El mismo análisis predice que en diez años su economía será mayor que la de Italia, en quince habrá superado a Gran Bretaña y para 2050 se habrá convertido en la tercera del mundo. Frente al temor que despierta una China insaciable y cada vez más segura de sí misma, la India representa un contrapeso ideal debido a su carácter democrático, a su sólido sector privado y al dominio del inglés exhibido por sus élites.
No obstante, luego de tantos siglos de padecer a gobernantes extranjeros los indios han aprendido a resistir las ambiciones imperiales (a veces con estrategias tan efectivas como las satyagrahas de Gandhi), y no resultan presa fácil. Si bien ahora se muestran orgullosos de que Francia o Estados Unidos los consideren interlocutores privilegiados -tras la dominación colonial, nada satisface tanto a un indio como el reconocimiento ajeno-, los halagos no bastarán para obligarlos a actuar contra sus intereses. Pese a la animosidad que las naciones occidentales pretenden instaurar a ambos lados del Himalaya, las relaciones de Nueva Delhi con Beijing nunca han sido mejores (para disgusto del Dalai Lama), y todo indica que la posible alineación de la India con Occidente será más costosa que nunca.
Las ambiciones de la India son enormes: sus líderes sueñan con tener un asiento en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, influir de modo claro en la economía global, encabezar a las llamadas potencias emergentes (ya lo han hecho al lado de Brasil y Sudáfrica en el seno de la OMC) y establecer su primacía absoluta sobre Pakistán, con el cual mantiene un sangriento diferendo sobre Cachemira desde hace más de medio siglo. Si Occidente aspira a contar de manera confiable con la India, tendrá que ceder en la mayor parte de estos capítulos, como demuestra la rapidez con que ha decidido apoyar el programa nuclear indio.
Pese a no haber firmado el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares y a haber realizado ensayos atómicos en dos ocasiones (1974 y 1998), tanto Jacques Chirac como George W. Bush se han apresurado a prometer que, si la India acepta una mayor vigilancia internacional y la separación de su programa nuclear civil del militar, no tendrán inconveniente en aumentar los intercambios en este rubro. En lo que supone una clara afrenta a Irán, el cual de manera pública sólo aspira a poner en marcha reactores civiles, los líderes occidentales se harán de la vista gorda frente a las cabezas nucleares de la India con tal de obtener la simpatía de Nueva Delhi. ¿Y por qué resulta tan crucial para la India poseer la Bomba? La pregunta puede responderse con estas dos palabras: por orgullo. O con ésta: Cachemira.
2. Ghanesa y los gurús
Dos ideas preconcebidas dominan la mirada que tenemos hoy sobre la India. La primera, puesta en boga por la tradición orientalista desde principios del siglo XIX, se empeña en convertirla en un contrapunto de Occidente, un remanso de espiritualidad frente al materialismo “civilizado”, un edén donde se guardan los secretos de la trascendencia. La segunda, mucho más antigua pero reactivada hace unos pocos años, quiere ver a este enorme país como un botín, un territorio virgen, sí, pero para la inversión y el enriquecimiento inmediato. Pero la India no es ni el oasis espiritual que buscan tantos occidentales ahítos de experiencias místicas, ni un bazar abierto a todas horas. No se reduce, pues, ni al ashram frecuentado por alemanas, canadienses o mexicanas cansadas del lujo, ni a los call-centers de Bangalore, los malls de Kolkata o las empresas informáticas de Hyderabad.
Como escribe Pavan K. Varna, director del Instituto Nehru de Londres en Being Indian (2004), la espiritualidad india es un mito, o al menos esa espiritualidad que los occidentales suelen perseguir en Oriente. Nada en la filosofía hindú invita a renunciar a los bienes materiales; de hecho, ni siquiera existe una distinción clara entre el mundo material y el espiritual. Si los santones pobres -o, para el caso, el ascetismo de Mahatma Gandhi- son tan venerados es porque se trata de casos ejemplares, de destinos que escapan a los hombres comunes. Es por ello que la cabeza de elefante de Ganesha se encuentra a la entrada de casi todas las moradas indias: a diferencia de los adeptos al judaísmo, el cristianismo o el Islam, los hindúes no piensan en sacrificarse en el presente para obtener una gloria ultraterrena, sino que esperan ser recompensados por sus deidades en este mundo. Como escribe Kautilya en el Arthashastra, una existencia perfecta se consigue a través del perfeccionamiento simultáneo de dharma, artha y kama, es decir, el cuidado tanto de los aspectos espirituales como materiales y sensuales del individuo. Sólo los occidentales pueden sorprenderse de que religión y comercio se hallen tan vinculados en la India o de que los creyentes hindúes intenten “sobornar” a sus deidades para obtener sus favores.
La espiritualidad que los occidentales buscamos en la India quizás sólo sea un producto más de nuestra mirada colonial. Un gurú con un wc de oro, o con el programa de televisión de mayor audiencia, o con un holding en Suiza, no debería ser considerado un traficante corrupto, sino el personaje ideal de una novela de realismo mágico.
El segundo mito es más fácil de combatir. Tras la visita de Chirac y Bush, la impresión dejada en los medios de comunicación -y en los sectores financieros, lo cual resulta más importante- es que la India se ha convertido en una nueva potencia mundial. Las estadísticas no mienten. Hoy, el país cuenta con una clase media de 300 millones de personas, más que la población total de Estados Unidos, como me dice con orgullo una profesora del departamento de inglés de la Universidad de Kolkata. Esos 300 millones pueden comprar celulares, automóviles, equipos de sonido, ropa de marca y vacaciones en el extranjero: un mercado floreciente. Por desgracia, este halagüeño panorama se ve enturbiado por severos problemas -sin contar, por supuesto, con los 600 millones que viven con menos de un dólar al día-: unas infraestructuras anquilosadas y una clase política que no ha sabido ajustarse a la modernidad y persevera en sus hábitos arcaicos.










La economía de la India creció en el cuarto trimestre a su ritmo más lento desde 2005 debido al alto nivel de los tipos de interés, que hizo caer el gasto de los consumidores. En concreto, la tercera economía de Asia se expandió un 8,4% en el último trimestre de 2007, frente al 8,9% del trimestre anterior, cumpliendo con las expectativas de los analistas consultados por Bloomberg.