En estos días en que un pesimismo crónico afecta a todos los agentes sociales, es mayor el contraste con no tan alejadas jornadas en las que el optimismo segaba cualquier voz preventiva o anticipatoria de una crisis que, al parecer, nunca nos iba a alcanzar.
De un extremo a otro, no existen medias tintas en el contexto económico, y aunque para algunos pueda resultar curioso, para los economistas tiene una clara explicación que con frecuencia me comentaba un excelente académico y mentor: “Los economistas solemos abrazar la posición más ortodoxa, y esto se debe a que es muy duro equivocarse en solitario”.
Buena muestra de esto podemos observar en las posiciones de gobiernos y organismos internacionales, los riesgos en el sistema financiero eran mínimos, al existir una excelente regulación y transparencia en su funcionamiento. Ahora bien, cuando el sistema quiebra, a partir de ese instante, todo el mundo señala que era algo “que se veía venir”, “obvio”.
Actualmente parece que las malas noticias y los malos datos macro inundan los pensamientos de políticos y financieros, sin mostrarse atisbo de esperanza, y es ahora cuando, grandes personalidades como Joseph Stiglitz o Paul Krugman nos avisan de que es necesario pasar a la acción, ya que a medio plazo la economía volverá a los cauces del crecimiento y la expansión, y en España hay grandes modelos empresariales que no pueden desperdiciar su experiencia.
Sin ir más lejos, nuestro tan denostado sector de la construcción, puede reciclarse y abrir otras vías, en toda América Latina, Norte de África, China, India, o los emergentes asiáticos, la actividad constructora será uno de los motores de la actividad económica, y no sólo de estos países sino de la economía global, sólo es cuestión de abandonar el modelo de cacique promotor y emprender un negocio con una perspectiva empresarial seria e innovadora.
Y qué decir de la banca española, uno de los mayores éxitos de nuestra economía en los últimos años, con capacidad para competir internacionalmente incluso en áreas donde bancos estadounidenses fracasaron con reiteración durante décadas -véase América Latina-. Su funcionamiento ha sido ejemplar. ¿No podemos pues aprovechar nuestros puntos fuertes para extrapolarlo al resto del tejido empresarial, y crear realmente un sistema financiero y económico capaz de atajar cualquier eventualidad? Quizá es que no vemos más allá de nuestras propias narices…










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